Burt Munro. Rey de la velocidad.

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Burt Munro
Burt Munro

De vez en cuando no está de más echar la vista atrás para observar y aprender de leyendas de la moto que nos precedieron y de los que siempre se puede tomar buena nota. Una de esas “leyendazas”, Herbert J. “Burt” Munro, pasará a la historia no sólo por sus múltiples records de velocidad sino por su tesón y su particular manera de experimentar su mayor pasión que es la de muchos, la moto.

Nacido en la localidad neozelandesa de Invercargill en 1899, se crió en una granja de Edendale, al este de la ciudad, donde surgió su romance con la velocidad a lomos de un caballo. Con los años, su pasión por la velocidad se mantendría intacta pero con la diferencia de que disfrutaba de ella sobre una motocicleta.

Feliz propietario de una de las primeras Indian Scout de 1920 que se fabricaron, capaz de alcanzar los 90km/h de velocidad que en absoluto le satisfacían, la modificó artesanalmente hasta alcanzar ese tope de velocidad que él siempre buscaba.

En 1967 con 68 años y tras años de ganar competiciones y batir records, como el que consiguió en 1962 cuando situó la plusmarca de velocidad en 288 km/h con un motor modificado a 850 cc, viajó desde Invercargill hasta el Lago Salado de Bonneville en Utah para participar en la Semana de la Velocidad, la famosa “Bonneville Speed Week”. Allí consiguió una plusmarca de velocidad de motocicletas de menos de 1.000 cc de otro planeta. Con un motor modificado hasta los 950 cc situó la plusmarca en 295,44 km/h. Para clasificarse hizo una carrera de una sola dirección alcanzando una punta de 305,96 km/h, la máxima velocidad a la que oficialmente se ha registrado una Indian en toda historia. Su plusmarca de 1967 en motos de menos de 1000 cc aún no se ha superado, lo que es un indicador de la hazaña de este verdadero pionero del motociclismo.

Recordamos a pilotos como Burt Munro como verdaderos héroes del pasado de los que llevamos oyendo hablar toda la vida, convirtiéndose ellos mismos de esta manera en leyendas. Se suele decir que ya no se crean mitos como aquellos, que cualquier tiempo pasado fue mejor o que el motociclismo ha perdido ( o está perdiendo ) todo el romanticismo que tuvo antaño y se ha visto pervertido por diversos intereses que han relegado al plano deportivo, más pasional, a un segundo plano. Pero echando la vista atrás aun podemos disfrutar de verdaderas historias de superación como la de Burt Munro que nos hacen pensar que aun quede esperanza para este maravilloso deporte. Y es que como decía el gran Burt, ya se sabe lo que pasa con 5 minutos en moto

En cinco minutos he percibido mas sensaciones que cualquier otra persona y no estoy exagerando en absoluto. En cinco minutos he visto mas luz y mas color, he visto desfilar ante mis ojos paisajes que solo quien pilota una moto puede ver.

¿Y porque? -te preguntarás,
Lo que tu ves, lo que tu percibes también lo ve cualquier automovilista–afirmarás.

Pues no, no es igual.

En ese breve espacio de tiempo siento las mil y una imperfecciones de la carretera, debo tomar mas decisiones que cualquier otro conductor, mi cuerpo siente la presión del aire, mis manos aferran el manillar y dirigen en perfecto equilibrio la maquina que me transporta, debo calcular las distancias, lo giros y maniobras con mayor antelación, perfección y exactitud, siento todos los músculos de mi cuerpo en tensión por la circulación y esto (y no es todo) solo es el aspecto físico.

Mis pulmones dilatados por la presión del aire reciben un caudal de aire inaudito, mi pituitaria asimila la amalgama de olores que me rodean, el olor a campo, goma caliente, asfalto, gasolina, aceite… mi cuerpo entero siente la temperatura ambiente haciéndome vivir una realidad que no se puede apreciar en un vehículo y esto (y no es todo) es solo la parte exterior.

Mi ser, mi ser íntimo, se siente aéreo, soy parte del viento, me siento en armonía con cuanto me rodea y mi horizonte no tiene límite, mis ojos miran mas allá de la línea negra, me dan la amplitud real de mi situación y me convierten en parte del paisaje, soy uno con la carretera, y esto (que no es todo) es solo la parte emocional.

No puedo describir la sensación que tienes cuando se pone a prueba tu destreza, cuando un día de lluvia o nieve ves acercarse una curva cerrada y vas a más velocidad de la aconsejable, la adrenalina fluye y tu cuerpo se enerva preparándote para lo peor… o lo mejor, vences la curva, has dominado la maquina y ésta te ha ayudado a salir con bien de la apurada situación, respiras aliviado mientras sientes tu corazón a las mismas revoluciones que tu moto, saliendo por tu boca, y esto (que no es todo) es solo la parte técnica.

Sentir la poderosa fuerza de la moto que montas, notar que formas parte indisoluble de ese conjunto de metal, oír no solo en tus oídos sino en tu alma el bramido del motor y entender su lenguaje, asentir a sus demandas y traducirlas en un golpe de puño, en un movimiento de cadera, en un toque preciso de freno, aceptar su invitación a continuar, a seguir viajando indefinidamente hasta mas allá del horizonte, a olvidar tiempo, espacio, mundo y entrar en el tuyo propio, en ese en el que vives solo tu y donde no hay mas ley que ser libre ni mas obligación que ser feliz… y esto tampoco es todo.

Nunca diré que quien viaja en un coche no tiene merito, tiene tanto como yo, pero lo que si sé es que encerrado en ese submundo de metal y vidrio, en ese cubículo de aire viciado no se puede apreciar la grandiosidad del espacio abierto. No, no me dan ninguna envidia aunque yo me pele de frío sobre mi moto y ellos lleven calefacción, aunque mi culo grite en cada bache y ellos estén cómodamente sentados en sillones de piel, ni porque ellos oigan música o noticias mientras yo escucho la canción del viento…

Y eso sólo en cinco minutos.

 

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